
El cielo nos manda mirar a la tierra
La Ascensión de Jesús significa que Dios está y estuvo siempre con Jesús y no estaba, ni está, con los que lo mataron; que su proyecto está respaldado por el mismo Dios pues al resucitarlo y llevarlo junto a él, el Padre le dio la razón y se la quitó a sus enemigos y, por tanto, es un proyecto realizable; y que nuestra esperanza no está vacía, pues la presencia de Jesús junto al Padre, la avala definitivamente. Y que en Jesús la humanidad queda definitivamente divinizada y, al mismo tiempo, la divinidad, humanizada.
Pero, ¡atención! Que desde el cielo se nos recuerda que nuestra misión no está arriba, sino abajo: es convertir la tierra en un cielo.

Espíritu: fuego, palabra y vida
Las personas sólo pueden entenderse, dice la filosofía del lenguaje, en la medida en que comparten la vida. La Palabra de Dios nos dice hoy que hay una Palabra —la suya, que puede ser nuestra— que es vida; y nos ofrece una vida —su Espíritu, también a nuestra disposición—, que hace transparente e inteligible la palabra. A pesar de ello, lo que está sucediendo en el mundo parece revelar que los cristianos, ni nos entendemos, ni contribuimos a que otros se entiendan. ¿Hemos olvidado aquella Palabra o hemos expulsado de entre nosotros al Espíritu?

No viene a juzgar
El nuestro es un Dios que, porque da la vida, es Padre, porque entrega su vida para hacer hermanos es Hijo y, como energía vital que se entrega para que los hermanos se quieran, es Espíritu. Un Dios que ha querido manifestarse como Hombre entre los humanos y que ha querido que el ser humano pase, como Hijo, a formar parte de la divinidad. Un Dios que es amor, solo amor, en sí mismo y en sus relaciones con el hombre. Un Dios al que damos gloria cuando hacemos que su misericordia reine entre nosotros. Un Dios que se define a sí mismo por su relación con la humanidad: Padre de los hombres, hermano de los hombres y vida, amor y libertad para la humanidad.
Esto es lo que celebramos este domingo.

Ofrecerse como pan, compartir la vida
Celebrar la eucaristía no puede quedarse en un rito mágico ni en una ceremonia vacía; ni siquiera puede ser una devoción seria, pero individual, ajena a los problemas de la vida o el trabajo, del mundo o la sociedad; tampoco un momento de simple recogimiento, de experiencia meramente interior. Por supuesto que no puede ser una experiencia superficial; pero eso no significa que se agote en sí misma ni mucho menos en mí mismo. Ha de ser una experiencia abierta a la vida que el Padre nos ofrece y que como amor se recibe; y que, necesariamente, se comunica, como amor, a los hermanos, como amor a la humanidad.

Alianza por otro mundo mejor
Este no es el mundo que Dios quiere. Este no es el modo de vivir que nace de la Buena noticia de Jesús. Ya en la Antigua Alianza, en los libros de la Biblia hebrea, en el mismo decálogo y la enseñanza de los profetas se nos dice que Dios quiere un mundo, una humanidad justa libre y fraterna.
Jesús nos propone una meta mucho más ambiciosa, proclamada en el sermón de la montaña y resumida en las Bienaventuranzas.
Los doce apóstoles representan el germen de ese mundo nuevo y, como tales reciben la misión de darlo a conocer e impulsarlo. Hoy esa tarea es la nuestra.

2026