
Perder el miedo, alzar la voz.
Las persecuciones no terminaron con el Imperio Romano. Esas, lejanas en el tiempo, nos las ponen en el cine para que olvidemos las presentes. Anunciar en público que Dios es Padre y que todos podemos ser sus hijos sigue provocando reacciones violentas (violencia explícita o enmascarada en medidas exigidas para garantizar la estabilidad del sistema), de quienes quieren ser padres o amos, pero nunca hermanos. La lucha por la justicia, el trabajo por el Reino de Dios, siempre encontrarán oposición y algunos serán perseguidos, torturados, marginados, eliminados... Seamos cautos, pero no nos callemos; seamos prudentes, pero no nos acobardemos. Y siempre confiemos en el único Señor, en el Padre único que a todos nos quiere hermanados.

Paz en la justicia
Jeremías denuncia a los dirigentes del pueblo porque, dice, «pretenden curar por encima la fractura de mi pueblo diciendo: Paz, paz. ¡Y no hay paz!» (Jer 6,14). Hoy no nos dicen que hay paz, sino que la están buscando... ¡a cañonazos!
¿Qué paz es esa? ¿Qué paz es la que se nos quiere imponer? ¿Es la paz de los cementerios —allí, ya no hay conflictos— lo que nos ofrecen?
Aunque alguna vez se acabaran las guerras, tendríamos que seguir buscando también otra paz, la verdadera paz: la que nace de la justicia; la que nace del reconocimiento y el respeto de la dignidad y los derechos humanos. Aunque para lograrla fuera necesario asumir el riesgo de que no nos dejen en paz.

¿Son compatibles razón y fe?
En la tradición cristiana, la relación de la ciencia con la fe no ha sido fácil. Desde aquellos primeros filósofos que acusaban de irracionales a los primeros cristianos por tener fe y contra quienes reaccionaron los escritores que conocemos como apologistas, hasta los investigadores contemporáneos que consideran incompatible la fe con el progreso de la ciencia, pasando por los sabios renacentistas perseguidos por la inquisición de los que Galileo es el ejemplo más conocido, muchos han sido los conflictos entre los dogmas religiosos y la ciencia. Y, con frecuencia, a medida que se iba profundizando en la investigación, los científicos han ido probando que era suya la razón. ¿Serán incompatibles razón y creencia trascendente, inteligencia humana y fe en Jesús de Nazaret? ¿Es eso lo que quiere decir el evangelio de este domingo?

Somos la tierra... y sus campesinos
La palabra de Dios, y en concreto el mensaje de Jesús, no echa raíces en cualquier sitio; dependerá siempre de la libertad de aquel que decide acogerla o no. El sembrador siembra semilla buena, pero, para que pueda germinar y dar fruto, necesita que la tierra esté adecuadamente preparada para recibirla. Si no es así, la semilla se perderá y la tierra quedará infecunda. ¿Cómo, entonces, hemos de preparar la tierra que cada uno somos, para que la semilla germine?

Ni intolerancia, ni triunfalismo, ni indiferencia
Jesús no vino a enseñarnos el camino del cielo; eso ya se conocía (Mt 19,16-19). Vino a invitarnos a trabajar para hacer que el mundo se convirtiera en un cielo, a implantar en la tierra el reinado de Dios.
En ese trabajo no caben ni la intolerancia ante la diferencia, ni el triunfalismo, ni la indiferencia ante el mal que se ha instalado en el mundo. Ninguna de estas actitudes es propia de los seguidores de Jesús, de quienes se van incorporando al Reino de Dios: firmeza, sí, pero respetuosa, orgullo sano, pero no soberbia; y un horizonte utópico esperado y empujado con los pies sobre la tierra.

2026