
Su justicia es generosidad
Así es la justicia de Dios. Su justicia es generosidad, y esa generosidad crea igualdad: Él da a cada uno, no solo lo que se merece, sino todo lo que necesita. Frente a un orden en el que la competición permanente —provocando cada vez más desigualdad—, es el eje alrededor del cual se estructuran las relaciones humanas, personales y colectivas, el evangelio propone una generosa solidaridad que dé como fruto la igualdad, en dignidad y derechos, por supuesto; pero también en lo económico, al menos en los recursos esenciales para una vida digna.

Obras son amores
De un tiempo acá, han surgido movimientos, líderes sociales o individuos aislados a los que no dejan de proclamar con sus palabras o sus lemas su pertenencia a una fe y a una civilización cristianas, que no dejan de pregonar su compromiso en defensa de las raíces cristianas de su cultura, de su modo de vida. Pero tanta proclama y tanto pregón dejan siempre una pregunta en el aire: ¿cómo se defienden los valores cristianos? Porque si todo se reduce a intentar evitar que personas de otras creencias vengan a vivir entre nosotros puede que tanta proclama y tanto pregón no tengan nada de cristianos. Porque esos valores se defienden con la acción, con la vida: en definitiva, poniéndolos en práctica, como enseña el evangelio de este domingo. Ya lo dice el refranero español: «Obras son amores y no buenas razones»

| Domingo 27º del tiempo Ordinario Ciclo A 4 de octubre de 2026 |
Ahora nosotros somos los responsables
Los dirigentes de Israel, por su ambición y su soberbia, manipularon al pueblo e hicieron que se frustrara el plan de Dios. Jesús denuncia enérgica y claramente la culpa de los dirigentes, pero no exime de responsabilidad a un pueblo que aceptó sin demasiadas protestas el yugo que éstos le impusieron. Por eso Jesús anuncia que el Reino de Dios pasará, no a otros dirigentes, sino a otro pueblo que deberá asumir el compromiso de dar los frutos que Dios espera: derecho, justicia, libertad, amor, paz, felicidad. Que esta utopía llegue a ser real es ahora nuestra responsabilidad, si es que seguimos considerándonos pueblo de Dios.

El Reino ha de ser una fiesta
La vida cristiana se ha presentado con frecuencia como una carrera de obstáculos, una lucha constante para alcanzar la salvación eterna y —todavía hay quien lo piensa— para evitar una cruel condena definitiva.
El evangelio de hoy nos dice dos cosas: que el objetivo es una fiesta que, por supuesto, es ya para este mundo, para esta historia. Y, en segundo lugar, que para participar en ella es necesario cumplir una condición: hay que vestirse de fiesta.

¡Y a Dios lo que es de Dios!
Los fariseos se presentaban, ante la gente del pueblo, como enemigos irreconciliables del César; pero llevaban en el bolsillo su imagen impresa en las monedas. Eran, por tanto, unos redomados hipócritas. Y a Jesús, que los está desenmascarando y poniendo en evidencia, tratan de ponerle una trampa para enemistarlo con el pueblo o para hacerlo objeto de la persecución de los poderosos. Pero Jesús, con su respuesta los pone en evidencia a ellos. Y, quizá, también a nosotros.

2026