
Aprendamos a hacer milagros
En el comentario correspondiente al domingo pasado, decíamos que la opción por el reino de Dios y la necesaria renuncia a todo lo que es incompatible con él deben ser causa y efecto de alegría por haber encontrado una mejor manera de vivir. El evangelio de este domingo concreta y explicita cómo la renuncia puede ser causa de felicidad: hay que renunciar a la riqueza no porque sea bueno pasar hambre, sino para que nadie la sufra. El evangelio de hoy es una lección para que aprendamos a realizar este milagro.

Dios humanizado, el ser humano divinizado
¿Se puede considerar cristiano al que, en teoría o de hecho, no acepta que Jesús es humano, plenamente humano? ¿Y al que no acepta que él mismo puede llegar a ser —de verdad— hijo de Dios?s?
Dios quiso darse a conocer en un ser humano, su Hijo; y quiere seguir siendo conocido por medio de quienes siguen sudando y amando, llorando y gozando, viviendo y muriendo para que este mundo pueda un día convertirse en un mundo de hermanas y hermanos y, de esta manera, pueda ser un ámbito adecuado para que se revele plenamente el ser del Padre y llegue a su plenitud y se manifieste el ser de sus hijas e hijos, los humanos.

La auténtica devoción mariana
Hoy en muchos lugares, se manifestará la devoción que las comunidades cristianas tienen a María, Madre de Jesús.
Esa devoción se expresará de muchas maneras, pero ¿en coherencia con lo que leemos en los evangelios y otros textos del Nuevo Testamento?
Acerquémonos a las lecturas de la liturgia de hoy y, con toda radicalidad, saquemos de ellas las consecuencias.

Indignación y rebeldía: virtudes cristianas
Los que dicen que el mundo está organizado de acuerdo con la voluntad de Dios y que hay que resignarse con el lugar que él ha señalado a cada uno, o no conocen el mensaje de Jesús o, sencillamente, mienten. Ante la injusticia, ante la discriminación, ante la desigualdad... hay que indignarse, hay que rebelarse, o no se podrá participar de la liberación que ofrece Jesús. Ante la injusticia, las verdaderas virtudes cristianas no son ni la resignación ni la sumisión, sino la indignación y la rebeldía.

Fieles hijos del Dios de la vida
Así nos podemos llamar con todo derecho, si es que nos comportamos coherentemente con esa denominación. Y la coherencia consiste en un firme compromiso con la vida de las personas, con el medio ambiente, con la lucha contra el hambre y la pobreza, por la libertad y la justicia y por la felicidad de todos. Por la vida toda; por la vida de todos. Con la seguridad de que nuestra vida está en manos de nuestro Padre, el Dios vivo.

Al final, vencerá la vida
Por la implantación del reinado de Dios, hay que estar dispuestos a jugarse la vida. Después de haber celebrado más de dos mil veces el Viernes Santo, no debería ser necesario decirlo. No basta con recordar la vida, pasión y muerte de Jesús; hay que cargar con la cruz y seguirlo. Aunque jugamos con ventaja; pues sabemos que, ya desde ahora y para siempre, la vida acabará venciendo.

Corregir es una manera de amar
No es amor el silencio ante el mal ni, ante la injusticia, mirar para otro lado. Libres del miedo a la muerte y libres del sometimiento a la ley, los cristianos estamos en disposición de llegar a ser plenamente personas, plenamente libres y, así, dar sentido a toda nuestra vida y a la convivencia con nuestros semejantes por medio del amor. Pero el amor nos obliga a hablar con toda libertad y con toda lealtad, contra el odio, contra el egoísmo, contra la injusticia..., contra todo lo que hace sufrir injustamente a otras personas.

2026