
Lealtad y esperanza
El domingo pasado leíamos un pasaje del evangelio que deja claro que, para alcanzar la vida definitiva, no es necesario ser cristiano, que basta con ser respetuoso con los derechos y la dignidad de las personas y con tener empatía y generosidad con quienes nos necesitan. Entonces, ¿en qué consiste ser cristianos?
El evangelio de hoy nos da algunos rasgos del seguidor de Jesús: una esperanza que anhela anticipar la vida definitiva a este mundo y la firme lealtad a ese proyecto que es el que llevó a Jesús de Nazaret a ofrecer y dar su vida. Y el amor que en esa lealtad se manifiesta.
| Texto y breve comentario de cada lectura | |||
| Primera lectura | Salmo responsorial | Segunda lectura | Evangelio |
| Isaías 63,16b-17; 64,1.3b-8 | Salmo 79 [80] | 1.ª Corintios 1,3-9 | Marcos 13,33-37 |
No será el fin, ...
El fragmento que se lee hoy en la liturgia es el final de un largo discurso (el más largo de Jesús en el evangelio de Marcos) en el que anticipa, a grandes rasgos, el desarrollo de la historia de la humanidad y el papel que en ella habrán de desempeñar sus seguidores.
No se trata de una profecía, sino de un encargo, de una tarea.
A la admiración que sienten los discípulos por la magnificencia del templo, Jesús responde anunciando su destrucción.
Los discípulos interpretan ese anuncio como un aviso al pueblo por sus infidelidades y piensan que, como en ocasiones anteriores, todo terminará con una intervención divina que pondrá fin definitivamente a la opresión de Israel (la primera lectura y el salmo reflejan esta misma mentalidad referida a hechos de la historia de Israel).
Pero Jesús les advierte que no se va a producir ninguna intervención salvadora: el sistema representado en el templo, al que ha llamado cueva de bandidos (Mc 11,17), se ha opuesto al su mensaje y ha provocado su propia y definitiva ruina.[1]
Serán momentos difíciles para los seguidores de Jesús; pero no será el fin, «pues primero tiene que proclamarse la buena noticia a todas las naciones» (Mc 13,10).
... sino el comienzo
Porque no será este el único sistema opresor que se derrumbe.
En la cosmología de muchos pueblos, se consideraba que los astros eran sus dioses o o representaban (de hecho, nombramos a los planetas con los nombres de dioses de la mitología romana). En este discurso la destrucción de los sistemas opresores paganos se representa mediante la caída de los astros: «el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en el cielo vacilarán» (Mc 13,24-25).
No se trata de un cataclismo cósmico, ni se anuncia la destrucción de estos sistemas en un momento concreto de la historia, sino de un proceso que se irá desarrollando en múltiples etapas. Un proceso que, aunque parece que consiste solo en una serie de desastres, tiene un objetivo mucho más positivo: que cada persona llegue a su plenitud humana, que la humanidad alcance su plenitud.
La proclamación del evangelio provocará conflictos con los sistemas opresores; la justicia del reinado de Dios se irá imponiendo, pero quienes vean en ese reinado un peligro para sus privilegios perseguirán a quienes lo anuncian y a quienes lo ponen en práctica.
Jesús promete a los que se vean perseguidos que contarán con la energía del Espíritu; y a los que vayan cayendo les anuncia que él irá saliendo a su encuentro para reunirlos con él. Pero les advierte que, sobre el día y la hora de cada uno, «nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo, únicamente el Padre.»
Esto significa que no hay que vivir preocupados por esa hora y ese día: de ese asunto entiende solo el Padre y está, por tanto, en buenas manos, en las mejores.
«Ahuyentad el sueño»
Cuando Jesús pronuncia las palabras que leemos hoy en el evangelio, está a punto de emprender un largo viaje. Va a dejar por un tiempo la tierra —el país— que habita la humanidad. Poco le queda que hacer ya por aquí; poco, pero muy importante: va a demostrar, dando su vida, que mantiene hasta el fin su compromiso de amor a la humanidad. Es su hora, el momento de su entrega. Ha terminado su misión. Por eso está dando las últimas instrucciones a sus seguidores.
Se va, pero quiere dejar su casa bien organizada.
«Es como un hombre que se marchó de su país: dejó su casa...»
La casa de Jesús es su comunidad, el grupo de sus seguidores. Es allí donde primero debe hacerse realidad su proyecto. Por eso advierte a los suyos que no se dejen dominar por el sueño: el deseo de echarse a dormir —por cansancio, por desilusión o por el convencimiento de que el trabajo realizado ya es suficiente— será una tentación que los acechará permanentemente. Incluso la preocupación por prepararse bien para cuando llegue la hora de encontrarse definitivamente con el Padre puede constituir un peligroso somnífero si lleva a abandonar la tarea de implantar el reinado de Dios. TC \f 1 "—por cansancio, por desilusión o por el convencimiento de que el trabajo realizado ya es suficiente— será una tentación que los acechará permanentemente. Incluso la preocupación por prepararse bien para cuando llegue la hora de encontrarse definitivamente con el Padre puede constituir un peligroso somnífero si lleva a abandonar la tarea de implantar el reinado de Dios.
A Jesús debía preocuparle mucho este peligro, pues advierte del mismo cuatro veces en el discurso: «¡Andaos con cuidado, ahuyentad el sueño, que no sabéis cuándo va a ser el momento!».
A cada uno su tarea
En su casa no hay señores, solo hay siervos Pero se trata de una clase de siervos muy especial: no son sus siervos; al contrario, él les ha transmitido su autoridad, la que procedía del mismo Dios —su Espíritu, fuerza de vida y liberación definitivas— y la que reconocieron las gentes de Cafarnaún cuando, en su sinagoga, empezó a explicar cuál era el definitivo plan de Dios para este mundo (Mc 1,22).
No, no son sus siervos ni tienen ningún amo (ni siquiera Dios, porque Dios es ¡su Padre!). Son, deben ser, servidores por amor; han comprendido que el deseo de estar por encima de los demás, tan arraigado en el género humano, es culpable de muchos de los sufrimientos que hacen llorar a esta tierra. Y porque se han dado cuenta de ello siguiendo a Jesús, han decidido sustituir su deseo de poder por la práctica del servicio. Es un servicio que, por ser el resultado de una opción libre, no solo no los hace esclavos a ellos, sino que contribuye decisivamente a la liberación de los demás. Es, además, un servicio diversificado: cada uno tiene su tarea según sus cualidades, según sus talentos, aunque tal diversidad no será nunca causa de diferencias ni pretexto para exigir privilegios u honores. Un servicio que es libre porque es una manifestación de amor.
Un servicio que exige una especial vigilancia: la del portero (Marcos personifica en el portero a toda la comunidad). Nadie que quiera entrar en esa casa deberá encontrar la puerta cerrada. Venga de donde venga, a nadie se le pedirán «papeles», pasaporte o certificado de bautismo: bastará con que acepte al Padre que nos hace a todos iguales y nos invita a vivir como hermanos. Para dejar franca la entrada a cualquiera será suficiente con que quien llega asuma de buen grado este servicio como estilo de vida.
La comunidad no puede ser una casa para encerrarse o aislarse. Debe abrir sus ventanas para que todos puedan ver en qué consiste ese nuevo modo de vivir y de convivir; y mantener sus puertas abiertas para acoger a todo el que quiera entrar.
Pero ese modo de vida va a molestar a muchos, en especial a quienes siguen aferrados a sus privilegios, es decir, a sus injusticias.
Con estos ha entrado en conflicto Jesús, quien, como consecuencia de su enfrentamiento con ellos, está a punto de culminar su camino colgado en una cruz. Pero ese aparente final —que los lectores de Marcos ya conocen— no supone un desastre, no es un fracaso: es la culminación de su propio servicio y, por ello, la extrema manifestación de su amor.
Leales y solidarios con Jesús
Los evangelios sitúan este discurso en el Huerto de los Olivos, en donde Jesús vivió una de las experiencias más duras: allí tomó clara conciencia de que el rechazo de Israel, su pueblo, estaba a punto de consumarse; y sufre porque su ya cercana muerte significaba que Israel despreciaría, una vez más, el amor de Dios. En esas circunstancias Jesús se dirige al Padre y, con dolor, pero firme en la fidelidad, acepta plenamente llegar hasta el final en su compromiso de amor con la humanidad: «¡Abba! ¡Padre!, todo es posible para ti; aparta de mí este trago; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36). Ese «...lo que quieres tú» significa que Jesús acepta asumir cualquier riesgo, incluida su muerte, para completar su tarea, para dar pleno cumplimiento a su misión.
Poco antes Jesús había elegido a tres de sus discípulos, —Pedro, Santiago y Juan— se había apartado del grupo con ellos y les había pedido un gesto de solidaridad que, en ese momento, él necesitaba más que nunca: «Me muero de tristeza. Quedaos aquí y manteneos despiertos». Solidaridad con Jesús, solidaridad con las causas de su entrega y de su muerte; eso es lo que significa esa expresión que constituye la formulación que hace Marcos del mandamiento nuevo (Jn 13,34), que, en este pasaje, adquiere una orientación plenamente universalista: amad conmigo a toda la humanidad hasta la entrega de la propia vida.
Entenderemos claramente el significado del evangelio de hoy si lo leemos a la luz de las palabras de Jesús a aquellos tres discípulos: ni el día ni la hora de la muerte de cada uno de nosotros ni lo que va a suceder después deben ocupar nuestra atención; sabemos que ese asunto está en las manos del Padre y que las suyas son manos más seguras que las nuestras. El Padre quiere que, despreocupados de nuestra salvación eterna, gastemos nuestra vida por la salvación de este mundo, haciendo de él un mundo de hermanos, y que seamos solidarios con Jesús que, para abrir la puerta a esa salvación, llegó hasta el don de su propia vida. Eso significa mantenerse despiertos: no cansarse de trabajar para que cada persona y toda la humanidad alcancen su plenitud.
La lealtad con Jesús consiste en ser leales con nuestros semejantes, en ser fieles a nuestro compromiso de servicio y de amor a la humanidad.
Por eso la insistencia de Jesús: cuatro veces repite su exhortación (13,33.34.35.37): a los discípulos, al portero, a los discípulos... «Y lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: manteneos despiertos.» A todos y, por tanto, también a nosotros.
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1. ¡Atención! No se trata de una condena de las personas pertenecientes al pueblo judío, sino del sistema de poder opresor que los dirigentes del pueblo habían establecido.

2026