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Domingo 33º del tiempo Ordinario

Ciclo A

15 de noviembre de 2026



Arriesgarse a cambiar el mundo

     Si los que adoran al dinero están dispuestos a darlo todo por conseguir para sí mismos riquezas mayores, nosotros, que tenemos en nuestras manos la mayor riqueza que un hombre pueda poseer —el evangelio de Jesús, el amor del Padre, la fraternidad que crea el Espíritu—, no podemos dejarla improductiva. Arriesguemos lo que haga falta y hagamos que esa riqueza sea rentable, es decir, que sea compartida por muchos más y que cambie nuestro mundo, eliminando todo lo que impide que cada persona llegue a su plenitud y que todas puedan llegar a vivir como hermanas.

 





¿Se contradice el evangelio?

    «No podéis servir a Dios y al dinero».
    Esta afirmación entraría claramente en contradicción con el evangelio de este domingo si nos tomamos al pie de la letra la parábola que nos propone; entraría en colisión también con otros textos del evangelio en los que se expresa una clara condena del dinero: «Dichosos los que eligen ser pobres...» (Mt 5,3), «Dejaos de amontonar riquezas en la tierra» (Mt 6,19). Y, además, resultaría incluso injusta, pues castigaría al que, al menos en apariencia, no ha hecho nada malo, precisamente porque no ha hecho nada.
    Esta contradicción quedó superada, pues enseguida se comprendió que no se trataba de dinero, sino de aptitudes o capacidades de las personas. Tanto es así que, precisamente por el significado que tiene en esta parábola, la palabra «talento» y sus correspondientes en otros idiomas han perdido su referencia a la economía ha pasado a significar cualidades positivas de los individuos.
    Para entender esta mejor esta parábola, nos pueden servir la del tesoro escondido o la de la perla de gran valor (Mt 13,44-46): en el mundo de los que aman el dinero se renuncia a todo por conseguir más dinero, se arriesga todo por una mayor ganancia, por una riqueza mayor; pues así debe ser entre los seguidores de Jesús en su actividad: todo se ha de arriesgar por aumentar la eficacia de aquello que para ellos debe ser lo que verdaderamente tiene valor: el reinado de Dios.

 

Los talentos en la parábola

    Un talento es una medida de peso que equivale a unos treinta y cinco o cuarenta kilogramos. En plata, cinco talentos, dos o incluso uno, suponían, en tiempos de Jesús, una importantísima riqueza. ¿Qué puede ser lo más valioso que los seguidores de Jesús hemos recibido de Dios? ¿La fe? ¿El amor de Dios y la capacidad de amar al estilo de Jesús? ¿El Espíritu que nos hace hijos libres y hermanos? ¿El proyecto de un mundo nuevo regido por la justicia, la solidaridad, el amor y la paz? Pues eso son los talentos. Esa es nuestra riqueza.
    Pero el significado de este pasaje evangélico no se agota en saber qué representan los talentos; la verdadera clave de interpretación de la parábola está en lo que los empleados que los reciben de su señor hacen con ellos: o los hacen producir, como hicieron los dos primeros empleados, o se mantienen improductivos, como hizo el último.
    El mensaje de Jesús es una inmensa riqueza. Para los que creemos, no hay nada que pueda tener más valor: en ese mensaje se contiene una propuesta para la plena realización de cada persona y, al mismo tiempo, se abre la posibilidad de una humanidad fraterna y feliz.
    Pero esa riqueza de nada valdrá si no la compartimos, si no trabajamos para que ese mensaje de amor, justicia, paz y fraternidad pueda ser acogido y disfrutado por muchos otros; si no dedicamos el máximo esfuerzo para que ese mensaje se haga realidad.

 

Cada uno según su capacidad

    Si leemos el evangelio de este domingo con la mentalidad del capitalista, seguramente suscitará en nosotros la idea de una competición en la que solo unos pocos consiguen alcanzar la meta; nada más lejos de la mentalidad evangélica. En ningún momento se compara ni a los empleados unos con otros, ni el trabajo que cada uno realiza con el de los demás, ni el beneficio que obtiene cada uno con el de los otros: lo que determina que el señor alabe o censure a sus empleados es lo que cada uno ha conseguido en proporción con lo que recibió. Por tanto, si queremos ver en la parábola algún tipo de lucha, es la lucha de cada uno consigo mismo, el empeño en superar los propios límites; lo que importa es el esfuerzo para hacer fructificar las cualidades que hemos recibido en favor del proyecto común, el reino de Dios. Recordemos otra parábola del evangelio, la de las diversas clases de tierra (Mt 13,1-23): lo importante es que cada uno trabaje para que su tierra produzca todo el fruto que sea capaz de dar, sin que quede baldía, sin que se pierdan las posibilidades que ofrece. 

 

La responsabilidad es nuestra

    El ideal que propone el evangelio queda todavía demasiado lejos: convertir este mundo —en el que a menudo sigue siendo cierto que el hombre es un lobo para el hombre— en un mundo fraterno y sororal es una tarea para la que se necesitan todos los brazos disponibles. Porque, si alguien deja de aportar la parte de trabajo que le corresponde, las consecuencias las sufren todos: el ideal se aleja y los aspectos negativos del presente permanecen inalterables; la derrota de la injusticia y la eliminación del sufrimiento que la injusticia causa se demoran; la victoria del amor se atrasa. Por eso nadie tiene derecho a esconder sus talentos bajo tierra, en lugar de hacerlos producir.
    No esperemos —esta es otra de las principales enseñanzas de la parábola— que Dios venga a resolvernos el problema: cambiar este mundo por otro mucho mejor es un asunto que está en nuestras manos. Jesús comenzó la tarea y nos ha abierto el camino; andarlo o no depende ahora de nosotros. 

 

¡Hay que arriesgar!

    Por supuesto que no va a ser fácil.
    Es verdad que, en el mundo en el que vivimos, ponerse a vivir el evangelio con todas sus consecuencias tiene sus riesgos.
    El primer riesgo consiste precisamente en que ese tesoro es muy delicado y nosotros lo podemos corromper; y lo haremos si ofrecemos un mensaje que nada tenga que ver con lo que Jesús quería y si, aunque lo llamemos evangelio, lo que proponemos es más bien el reinado de nuestra ambición, de nuestra vanidad o de nuestra soberbia... o de nuestros miedos y de nuestras inseguridades.    Si nos dejamos corromper y nos contaminamos con los valores que rigen este mundo —el deseo de poder, de dinero o de prestigio—, podemos sentir la tentación de hacer nuestra teórica adhesión a Jesús compatible con el mundo viejo y así enmascarar nuestra complicidad o nuestra responsabilidad en el mantenimiento de la injusticia. Ese es el primer riesgo que puede provocar la pérdida de la riqueza que se nos encomendó.
    Pero el riesgo vendrá también de fuera: el orden injusto que hay que erradicar del corazón de los hombres y de la faz de la tierra es muy poderoso. Y se valdrá de todo, desde la más descarnada violencia —como hizo con Jesús—, hasta la más delicada y engañosa manipulación de los deseos y aspiraciones de los seres humanos —como ha hecho y sigue haciendo con tantos otros—. Así, los responsables de la injusticia de este mundo harán todo lo posible para que esa riqueza que tenemos en depósito se convierta en ruina.
    Y habrá otros riesgos, pero debemos afrontarlos. Porque el miedo —a quedarnos en la miseria, al fracaso, a perder otras oportunidades— es síntoma de desconfianza tanto en el valor del tesoro que se nos ha entregado como en el garante que asegura nuestros beneficios; y esa desconfianza sí que será causa de ruina segura. 

 

 Pasa a la fiesta de tu señor

    Tradicionalmente, esta parábola se ha entendido como un aviso sobre el peligro de quedar fuera del reinado de Dios en su última etapa, la que trasciende esta historia. Pero si esa fiesta la referimos de manera exclusiva a la vida eterna nos aparecería una nueva incoherencia con el pasaje del joven rico (Mt 19,16-30), en donde, a quien le preguntaba qué es lo necesario para alcanzar la vida eterna, Jesús responde que basta con cumplir los mandamientos; y cuando aquel joven le dice que cuáles son esos mandamientos, le enumera los que se refieren a la relación con el prójimo.
    Por tanto, hacer producir nuestros talentos no es una condición para asegurarnos la vida eterna, sino ese algo más que Jesús le propone al joven aquel: «Si quieres ser un hombre logrado, vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás un tesoro del cielo; y, anda, sígueme a mí».
    Hace unos domingos, leímos otra parábola que acaba en una fiesta. Aquella fiesta, como esta —representa la misma realidad—, debe empezar en este mundo, en esta historia, del mismo modo que la promesa de las bienaventuranzas —seréis dichosos— también debe empezar a cumplirse en este mundo. Y así, cuando superemos la injusticia y sus consecuencias, cuando el amor, la solidaridad y la sinceridad vertebren nuestra convivencia, cuando logremos la paz en las relaciones de las personas y los pueblos, la vida de la humanidad se irá pareciendo, a medida que vayamos consiguiendo todo esto, a una fiesta permanente.
    El que recibió un solo talento y por no arriesgarse lo dejó improductivo podría representar a quien, conociendo el proyecto de mundo que nos propone el evangelio, no trabaja por impulsarlo, porque le da miedo de quedarse sin nada si rompe con los valores de este mundo; y porque no confía en que pueda llegar a implantarse ese otro que, quizá, no considera posible.
    Quedar fuera de la fiesta no es un castigo; es, sobre todo, una constatación: como el que iba a la boda sin traje de fiesta (Mt 22,1-14), quien no se arriesga a cambiar el mundo, él solo se excluye de esa fiesta y acabará encerrado en su propia soledad.
    Todo esto, por lo que a nosotros compete, tenemos que referirlo a este mundo, a esta historia. Lo que venga después ya no está en nuestras manos: «en lo referente al día aquel o la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo, solo y únicamente el Padre».

 

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