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Domingo 5º de Pascua

Ciclo A

3 de mayo de 2026

 

¿En qué Dios creemos?

    ¿Cómo es Dios? ¿Cómo es es de verdad Dios? No basta decir que creemos en un Dios único y que, por tanto, ese es el verdadero Dios; ni siquiera es suficiente invocar como Dios al Padre de Jesús. Porque no solo cada religión presenta su propia imagen de Dios, sino que, entre los mismos cristianos podemos encontrarnos con representaciones de Dios totalmente incompatibles entre sí. Al mismo Dios invocan, al menos con la boca, explotados y explotadores, belicistas y pacifistas, mártires de la fe, como Oscar Romero o Ignacio Ellacuría, y sus propios asesinos. Entonces, ¿cómo podemos llegar a conocer el verdadero rostro de Dios?

 




Falsas imágenes de Dios

    Incluso en la Biblia, en ciertos pasajes se nos presenta un Dios incompatible con la razón humana: Dios no puede ser cruel o rencoroso, justiciero en vez de justo, colérico en lugar de misericordioso. O es absolutamente bueno, o no es Dios.
    Y no es necesario remontarnos a tiempos y a culturas antiguas para encontrarnos con imágenes de dioses en los que es imposible creer. ¿No estamos viendo en nuestro presente a los señores de la guerra invocando unos y otros, cada cual con sus sacerdotes, el nombre de Dios?
    Y esas representaciones de Dios que lo describen como enemigo del hombre, terror del hombre, celoso del hombre, amo del hombre... ¿son creíbles? ¿Existe ese dios? ¿Existen esos dioses?


Nadie lo ha visto

    Ya desde el principio de su evangelio, Juan ha dejado claro que Jesús va a mostrarnos de manera definitiva cuál es el verdadero rostro de Dios: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único que es Dios y está al lado del Padre, él ha sido la explicación» (Juan 1,18). De las anteriores imágenes de Dios, nos dice el evangelista, nada vale, salvo aquello que coincida con la explicación de Dios que es el hombre Jesús.
    Ésta será una de las novedades más importantes —quizá la más importante— de la enseñanza de Jesús. Tan nueva será, que Felipe, uno de los que habían acompañado a Jesús desde el principio, cuando la misión de Jesús está ya llegando al final, aún no se ha dado cuenta de cómo se puede conocer al Padre: «Señor, haz que veamos al Padre y nos basta». Felipe, encadenado a las ideas de su antigua religión, no es capaz todavía de descubrir la novedad de la fe de Jesús, no ha comprendido todavía que para ver y comprender a Dios hay que entender y aceptar plenamente a Jesús.

 

Muéstranos al Padre

    El pueblo de Israel había descubierto la acción de Dios en sus procesos de liberación, en su actividad de la que había sido beneficiario. El salmo que se recita en la liturgia de este domingo así lo expresa: «él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre».
    Israel fue el pueblo elegido por Dios para que su experiencia del Dios liberador los llevara a poner en práctica un estilo de vida y convivencia coherente con esa experiencia. Pero a los teólogos oficiales del judaísmo contemporáneo de Jesús esto solo les servía para excitar el orgullo nacional; al mismo tiempo, de puertas adentro y para consumo interno, destacaban aquellos rasgos contenidos en la letra de los libros del Antiguo Testamento que hacían al pueblo más dócil y manejable: un Dios lejano, a quien se le podía conocer solo en las alturas, en lo glorioso o en lo terrible..., un Dios duro e inflexible en el castigo y ante el cual la actitud del hombre no podía ser otra más que el abajamiento, la humillación, el sometimiento, el temor...
    Por eso no es de extrañar que Felipe no se hubiera dado cuenta de que, en Jesús, en sus obras, en su amor hasta la exageración, se estaba manifestando el verdadero rostro del Padre (del único Padre: Mt 23,9). Y es que, para él, ver a Dios en el Hombre(1) era algo realmente inconcebible (como parece que así resulta a muchos en la actualidad).
    Al ruego de Felipe, que pide a Jesús que les muestre al Padre, Jesús le responde remitiéndolo a sus obras: estas son las que revelan al Padre, las que descubren el verdadero rostro de Dios: «Quien me ve a mí está viendo al Padre; .... Creedme: yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo; y si no, creedlo por las obras mismas.»

 

Ya sabéis el camino

    Jesús, ahora que está a punto de ser entregado, cuando ya ha aceptado su muerte por amor a la humanidad (Jn 13,28), se despide de los suyos y los tranquiliza, les dice que él va al Padre y que, si quieren seguirlo, ya saben el camino: él, su persona, su vida, su palabra, sus acciones, sus gestos, su fidelidad hasta la muerte y su resurrección (no olvidemos que los evangelios se escribieron después de la resurrección de Jesús) son la explicación de quién es el Padre. Y, para conocerlo, la única lección en la que no cabe error es el mismo Jesús. Y el único camino para llegar a Él.
    Y, ¿cuál es el contenido de esta lección? ¿Qué es lo que nos enseña?
    Que Dios es quien, en Jesús, se enfrenta con el orden religioso, económico y político de su tiempo para defender a los pobres, a los humildes y a los sencillos, de la insaciable avaricia de los ricos, de la soberbia de los poderosos y de la hipocresía de los dirigentes religiosos. Y con todos aquellos que impiden que los seres humanos alcancen su plenitud.
    Que Dios está al servicio de la humanidad y de cada ser humano, como nos revela el pasaje de lavado de los pies en el que, además, se nos explica el significado de la eucaristía: participar de ese pan y ese vino nos compromete a dedicar, como Jesús, nuestra vida al servicio de una humanidad y de un mundo mejor (ver comentario del Jueves Santo).
    Que Dios es quien ama en el amor fiel hasta la muerte de Jesús, en la ternura del Jesús compasivo con los que sufren, en su compromiso solidario con los oprimidos, en la lealtad para con sus amigos, en la generosidad de su corazón abierto también a sus enemigos.
    Que Dios es débil, si el criterio de medida es la capacidad de matar, como lo es entre los fuertes de este mundo; un Padre poderoso y fuerte, sin embargo, si la fortaleza es la energía vivificadora del amor.
    Pero el amor no se impone por la fuerza a nadie, solo se ofrece y, por tanto, toda su potencia se convierte en debilidad si el destinatario no lo acepta, todo su poder —, insistimos, ése es el poder de Dios— se hace ineficaz si las personas a las que se les ofrece lo rechazan. Esa imagen de Dios, vendido totalmente a la voluntad humana, no la acaban de aceptar los discípulos de Jesús.

 

Llegar hasta el Padre

    Esto es lo que muestra la pregunta de Tomás (Jesús acababa de anunciarles la traición de Judas y las negaciones de Pedro; y, entre ambos anuncios predice su muerte y reitera lo que le da el sentido: el mandamiento nuevo, el mandamiento del amor hasta el extremo, Jn 13,21-38): él, que había estado dispuesto a morir con Jesús, se negaba una y otra vez a aceptar que la muerte pudiera llevar a ningún sitio: «Señor, no sabemos adónde te marchas, ¿cómo podemos saber el camino?»
    La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas; su meta, y la meta de sus seguidores, es el Padre: «Nadie se acerca al Padre sino por mí». Ahí es a donde conduce la muerte cuando ésta es la consecuencia o la culminación de un compromiso de amor con la humanidad. Y solo hay un modo de realizar este compromiso: la identificación con Jesús, «el camino, la verdad y la vida».
    El camino, que para sus seguidores ha quedado explicado en el mandamiento nuevo: el servicio que nace del amor, la entrega de la propia vida, por amor, en favor de la felicidad de los hombres, como hizo él.
    La verdad, la Palabra hecha carne, el proyecto de humanidad que, de parte de Dios, Jesús nos comunica y que se realiza en él en toda su plenitud: un ser humano que es hijo de un Padre común y, por tanto, hermano, hermana.
    La vida, la que Jesús poseía en plenitud y que él ofrece a quienes estén dispuestos a recibirla: el Espíritu de amor que nos hace capaces de llegar a ser hijos viviendo como hermanos.
    Éste es el verdadero Dios de los cristianos. Y ésta la única manera de conocerlo y de llegar a él: Jesús, su modo de realizar su humanidad, aceptado como modelo. Todas las demás —y ésta, la que se presenta en este comentario, también— serán aproximaciones que necesariamente se quedarán pequeñas; pero serán aproximaciones válidas solo si no se apartan de este camino, si no deforman esta verdad y si no arruinan, obstaculizan o impiden esta forma de vida.

 

Obras aún mayores

    Si queremos llegar a conocer a Dios, ese es el camino. Si queremos abrirnos a Él, aceptar su palabra y poner en práctica su proyecto, en Jesús encontraremos también sus exigencias: «Las exigencias que yo propongo no las propongo como cosa mía: es el Padre quien, viviendo en mí, realiza sus obras».
    Jesús no dejó terminada su obra. No podía ser de otro modo pues, si su obra consiste en cambiar el mundo y en hacerlo respetando la libertad de los hombres, cada generación —cada persona— deberá asumir en primera persona esta escala de valores, esta manera de ver a Dios y de organizar las relaciones entre los hombres. En cada momento de la historia de la humanidad habrá, por tanto, que denunciar la injusticia y poner en práctica el amor fraterno, condenar la ambición en cuanto generadora de injusticia y practicar la solidaridad; cada generación tendrá que abrirse a la acción del Espíritu de Jesús para poder encontrar cada vez modos más bellos de vida para todos los hombres, aprovechando el ejemplo de Jesús y la experiencia de los que, a lo largo de los siglos, hayan intentado poner en práctica su mensaje: «Quien me presta adhesión, hará obras como las mías y aún mayores». La obra del Padre iniciada en Jesús seguirá realizándose en las obras de sus seguidores.
    A la pregunta de muchos de nuestros contemporáneos sobre la existencia o la naturaleza de Dios, en lugar de responder con teorías o especulaciones filosóficas —y, menos aún, con descalificaciones o condenas— los cristianos deberíamos responder, en primer lugar, con nuestra vida organizada alrededor de la escala de valores del evangelio —libertad, justicia, amor, solidaridad, vida, fraternidad, paz—; y, en segundo lugar, con un compromiso solidario con todos los que trabajan por un mundo más justo, más igualitario, más libre, con todos los que trabajan por la paz. Y esa vida y ese compromiso hará posible continuar la explicación de Dios que comenzó con Jesús: «A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros.» (1Jn 4:12).
    Esta es nuestra tarea, este es nuestro reto; esta es también nuestra responsabilidad.


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1.  Una vez más quiero aclarar que cuando utilizo el término “hombre” le doy un significado inclusivo específico, con el mismo valor que “persona”. Cuando quiera referirme al género —salvo error consecuencia del indiscutible machismo presente también en el lenguaje y del que todos en mayor o menor medida estamos contaminados— usaré “varón” o “mujer”.

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