
¿Brilla nuestra luz? ¿Qué sabor damos al mundo?
El evangelio de hoy es la continuación de las bienaventuranzas, resumen del proyecto de Jesús, propuesta de una forma alternativa de vivir que, puesta en práctica, cambia por completo el aspecto de la tierra. Los seguidores de Jesús son los responsables de hacer que se produzca ese cambio. Esto es, en síntesis, lo que nos dice el evangelio mediante dos símbolos: la sal y la luz. Sal para preservar de la corrupción y luz para conocer en profundidad el corazón humano. Y las personas que se dejen prender por esa luz podrán ser, a su vez, luz para que las demás reconozcan el verdadero rostro de Dios.
| Texto y breve comentario de cada lectura | |||
| Primera lectura | Salmo responsorial | Segunda lectura | Evangelio |
| Isaías 58,7-10 | Salmo 111,4-9 | 1ª Corintios 2,1-5 | Mateo 5, 13-16 |
Religiosidad y justicia
La primera lectura es el final de un poema de Isaías en el que el profeta responde a una aparente perplejidad de la gente.
En ese poema, la situación del pueblo —el país está totalmente arrasado— se describe por medio de imágenes de enfermedad, sequía, y oscuridad. Por otra parte, en esta época, el templo de Jerusalén estaba destruido; no había posibilidad de participar en las ceremonias religiosas —los sacrificios— que sólo en el templo se podían celebrar; en estas circunstancias, los hombres piadosos practican el ayuno como medio para alcanzar el favor de Dios y, al ver que la situación se mantiene sin ninguna mejoría, dirigen a Dios la siguiente pregunta: «¿Para qué ayunar, si no haces caso? ¿Mortificarnos, si no te fijas?» (Is 58,3). Es como si dijeran algo así: Si somos el pueblo elegido por Dios, ¿cómo es que nos va tan mal?; si somos personas religiosas, ¿cómo es que, por lo que parece, Dios se ha olvidado de nosotros? ¿De qué nos sirve ser personas fieles a la voluntad de Dios?
La respuesta que el profeta atribuye a Dios es doble: en primer lugar, les dice que el ayuno, por sí mismo, no sirve para conseguir la amistad con Dios y, menos aún, cuando se quiere hacer compatible con la injusticia, el egoísmo y la violencia: «Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad» (Is 58,4).
Y enseguida añade que sólo la práctica de la justicia abrirá un espacio para la presencia del Señor quien, entonces y sólo entonces, restaurará la salud del pueblo, la luz disipará sus oscuridades, volverá a hablarle y se hará sentir como su Dios: «Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará carne sana; ... Entonces clamarás al Señor y te responderá. ... Cuando destierres de ti los cepos... Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía».
Es decir: lo que Dios quiere no es que el hombre sufra (hambre, ayuno) para así tenerlo contento, porque lo que de verdad quiere para el hombre es que no sufra, que no sufra ninguno y, sobre todo, que unos hombres no hagan sufrir a otros, sino que todos trabajen por el bienestar y la felicidad de todos. Y lo que más hace sufrir a las personas es la injusticia. Y lo que contribuye a su felicidad es la justicia, la solidaridad, el afecto, el amor.
Sal de la tierra
En la antigüedad, en el entorno cultural de Israel, cuando se hacía un pacto entre dos pueblos se solía celebrar un banquete con el que quedaba sellada su la alianza; en ese banquete se usaba la sal para sazonar los alimentos, por supuesto, pero también dándole un gran valor simbólico: la sal hace que los alimentos se conserven sin corromperse; pues eso es lo que debían procurar, a eso es a lo que se comprometían quienes establecían aquella alianza: impedir que se degradase, mantenerla en vigor permanentemente. A los pactos que se hacían según ese rito los llamaban «pactos de sal».
Jesús acaba de explicar una nueva alianza; los términos de la misma son las bienaventuranzas. Dios estará presente, establecerá su reinado en medio de los hombres que elijan ser pobres para construir un mundo en el que no haya pobres, ni personas que sufran por culpa de otras, ni estén sometidas a quienes se impongan por la fuerza y el injusto poder; y en el que los valores que gobiernen la convivencia sean la solidaridad y la honradez; un mundo en el que todos se sientan personalmente comprometidos en la construcción y el mantenimiento de la paz sobre la base de la verdad y la justicia y se mantengan fieles a sus compromisos a pesar de los conflictos y de las persecuciones que su estilo de vida les pueda acarrear... Alianza nueva que Dios quiere establecer no con un pueblo en particular, como antes, sino con toda la humanidad a la que garantiza y promete que por ese camino llegará a la plenitud de la felicidad: «Dichosos...».
Dios será —siempre lo fue— fiel a esa alianza; pero a quienes corresponde la tarea de hacer que se mantenga viva son los discípulos de Jesús: ellos son —nosotros debemos ser— «la sal de la tierra».
El evangelio se fija también en el uso doméstico de la sal —dar buen sabor a la comida y para evitar que los alimentos se corrompan— para explicar el mensaje de este párrafo: el mundo está lleno de sinsabores, la sociedad está llena de corrupción. Los sinsabores son los sufrimientos de los pobres, de los humillados, de los perseguidos por tener hambre de justicia, de los marginados, de los olvidados; la corrupción es el orden radicalmente injusto que impera en la sociedad humana y que es la causa de tanto sufrimiento que, con una organización distinta, podríamos evitar. El nuevo sabor que deben dar al mundo los seguidores de Jesús —«Vosotros sois la sal de la tierra»— es un modo alternativo de vivir que consiste en poner en práctica los valores proclamados por Jesús en las bienaventuranzas: un mundo sin pobres y, por eso, sin llanto; un mundo sin sometidos y, por eso, en paz; un mundo en el que queden saciadas todas las hambres de justicia y, por tanto, un mundo sin perseguidos a causa de su fidelidad. Y ese nuevo modo de vida, hecho realidad anticipada en la comunidad cristiana, debe ser ofrecido a toda la humanidad para así iluminar todas sus oscuridades —«Vosotros sois la luz del mundo»—.
Son los discípulos —hoy somos nosotros— quienes, viviendo de este modo, tenemos que hacer que sea patente, que se vea con claridad la presencia, el reinado de Dios en medio de la humanidad. Porque Dios no se manifiesta en los fenómenos terribles de la naturaleza —el trueno, el rayo, el terremoto—, como se creyó en un tiempo; Dios se hace visible en la vida de las personas y, en concreto, en la vida de la comunidad que lleva a cabo con fidelidad el programa de las bienaventuranzas.
La luz, como la sal, es símbolo de una humanidad que vive de acuerdo con el plan que Dios ha concebido para ella —la humanidad y cada una de las personas— llegue a su plenitud. Ese plan, ya en la predicación profética, estuvo indisolublemente unido a la práctica de la justicia y de la solidaridad; y lo sigue estando en el mensaje evangélico en el que la promesa de felicidad —«dichosos»—, signo de la presencia de Dios, sigue estando ligada a las exigencias de esta nueva justicia.
Y a aquella y a esta nueva justicia Dios ha ligado su gloria. La gloria de Dios se manifiesta en las relaciones humanas: la justicia, la solidaridad, la misericordia, la paz, el amor entre los seres humanos constituyen la gloria de Dios: «te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor», dice Isaías; «Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo», nos dice el evangelio. Gloria a Dios no se da con solemnes ceremonias, sino con la vida dedicada, no a Él, sino al bien de nuestros semejantes: «Quien ama a su hermano habita en la luz, y en la luz no se tropieza». «A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros». (1Jn 2,9; 4,12).
Hubo un Hombre que se comprometió a dar su vida para que los hombres pudieran ser felices; entonces se abrió el cielo y se restableció la comunicación entre Dios y la humanidad (Mt 3,16). En adelante, cada vez que un pedazo de esa humanidad, un grupo de hombres y mujeres, de ancianos y de niños, asuman juntos ese compromiso, Dios se hará presente y su luz brillará con fuerza en medio del mundo.
Pero, si la sal se vuelve sosa...
Alrededor de dos mil quinientos millones personas nos confesamos discípulas de Jesús de Nazaret, decimos que somos cristianas y que, como tales, deberíamos estar comprometidas en construir un mundo en el que no hubiera sufrimiento; personas cuyo modo de vida debería ser manifestación de la bondad de un Dios que es amor hasta la exageración...
Pero... no podemos negar que conocer nuestro mundo deja un amargo sabor de boca: la guerra sigue presente en decenas de países, millones de enfermos mueren cada año porque no tienen dinero para comprar las medicinas que los podrían curar, y son decenas de millones de hombres los que mueren de hambre cada año en el mundo... Un mundo al que le sobran (más o menos el 15%) recursos para resolver esos problemas y garantizar una vida digna a toda la humanidad.
Mientras tanto, los gobiernos de nuestros países, tan cristianos ellos, están pensando en aumentar los gastos militares hasta niveles jamás alcanzados, en lugar de invertir en justicia, en servicios, en cuidados.
No cabe duda de que la situación del mundo en el momento presente no permite ser demasiado optimista: los criterios con los que se está reconfigurando el llamado “orden mundial” no son los valores de los que exigirían los valores del evangelio, los valores de las bienaventuranzas. Al contrario, es el poder de los más fuertes y los intereses de los más ricos lo que está configurando ese orden nuevo que, en no pocas ocasiones, se justifica... ¡como defensa de nuestra cultura y nuestras raíces cristianas!
Pero, ¿manifiesta este mundo la bondad de su Creador? ¿Refleja esta familia humana el amor de un Padre? No nos escandalicemos por la pregunta: la historia nos asegura que son muchos los que han dejado de creer en Dios porque no han sido capaces de superar el escándalo de un mundo que rebosa sufrimiento. Y la mayor parte de ese sufrimiento está motivado por una injusticia crónica.
Es cierto que hay personas que siguen a Jesús, comunidades cristianas comprometidas con la implantación en nuestro mundo del reinado de Dios. Pero...
¿No se habrá vuelto sosa, al menos, una parte importante de la sal?
Dos mil quinientos millones de personas que se dicen depositarias de un proyecto eficaz de dicha y de felicidad para la humanidad. ¡Y tanto sufrimiento!
¿Que la felicidad se nos concederá en la otra vida? ¡No digamos eso! Ese pretexto —dejar la felicidad para la otra vida— puede ser uno de esos peroles bajo los cuales se ha metido la luz para que no se vea, porque dentro de ellos la luz no brilla... y, al final, se extingue.

2026