
Un examen de mínimos
El evangelio de Mateo ha explicado ya de qué tendrán que rendir cuentas los seguidores de Jesús. Lo hemos visto en las parábolas de las muchachas sensatas y necias y de los talentos.
¿Y los que no han conocido o no han asumido el ideal del reinado de Dios? El pasaje del juicio de las naciones nos da la respuesta: deberán pasar un examen de mínimos.
Y una pregunta que nos debemos plantear: ¿pasaríamos nosotros esa prueba tan poco exigente?
| Texto y breve comentario de cada lectura | |||
| Primera lectura | Salmo responsorial | Segunda lectura | Evangelio |
| Ez 34,11-12.15-17 | Sal 22 [23], 1-2.5-6 | 1 Cor 15,20-26.28 | Mateo 25,31-46 |
Denuncia de los malos pastores
La primera lectura, del profeta Ezequiel, es una dura crítica a los dirigentes de Israel y a la situación política de su época.
El texto de Ezequiel que se lee en la liturgia de este domingo sigue a una dura denuncia (34,1-10) contra las autoridades israelitas, a quienes se da el nombre de pastores.
El profeta los acusa de no haber cumplido la misión que tenían encomendada: cuidar del pueblo. Al contrario, se están sirviendo del rebaño que debían proteger, lo explotan en beneficio propio y lo han dejado abandonado, disperso y sin protección alguna ante el ataque de las fieras salvajes.
Ezequiel reprocha con energía los abusos de los poderosos a quienes responsabiliza, además, del exilio: no solo son culpables del sufrimiento del pueblo porque han abandonado sus obligaciones y han obrado injustamente, sino también, porque han creado, con su actuación, las condiciones propicias para el ataque de los imperios opresores extranjeros.
Por todo ello, intervendrá el Señor para liberar a las ovejas de la tiranía de sus autoridades que, en lugar de cumplir su misión —trabajar por el bien común y, especialmente, en favor de los más débiles—, se han aprovechado de su poder para enriquecerse y para vivir a costa del pueblo: «Esto dice el Señor: Me voy a enfrentar con los pastores; los quitaré de pastores de mis ovejas para que dejen de apacentarse a sí mismos». Y, al contrario que en otros textos proféticos (Is 1,21-26; Jer 21,1-8), la corrupción y la infidelidad de los dirigentes no se resolverán sustituyéndolos por otros más honestos; en adelante el Señor mismo asumirá sus funciones: «Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear —oráculo del Señor—. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido».
A continuación (esto ya no se leerá en la celebración de este domingo), la denuncia se amplía a aquellas personas que, sin tener cargos de responsabilidad, usan la fuerza que les da su riqueza para aprovecharse explotando a las más débiles.
El juicio de las naciones
Con elementos simbólicos semejantes a los del profeta Ezequiel, Mateo presenta lo que se denomina el juicio de las naciones.
El pasaje del evangelio que leemos este domingo se ha interpretado tradicionalmente como el anuncio de un juicio final ante el que deberíamos comparecer todos al término de la historia. Sin embargo, los pasajes que hemos leído en la celebración eucarística de los dos últimos domingos nos hablan de un encuentro definitivo de Jesús con sus seguidores independiente de este juicio. Además, Mateo ha anunciado que Jesús, tras un periodo de conflictos y angustias, «enviará a sus ángeles ... y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos de un confín a otro del cielo.» (Mt 24,31).
Las naciones no representan a los estados o pueblos concretos, sino a todas las personas que, por cualquier causa, no se han incorporado al reinado de Dios, es decir, no se cuentan entre los seguidores de Jesús.
Jesús se presenta como rey, pastor y juez, rodeado por sus ángeles, esto es, por sus mensajeros.
La materia de ese último examen
Si, como veíamos el domingo pasado, Jesús va a preguntar a sus seguidores si han hecho fructificar sus talentos, ¿qué les preguntará a quienes no sabían qué fruto era el que debían producir?
No habrá preguntas sobre creencias o prácticas religiosas. Solo se valorará cómo ha sido el comportamiento de cada cual con los que, según el evangelio, Jesús llama sus hermanos.
Jesús aceptará a quienes los hayan tratado bien, a los que se hayan preocupado de aliviar sus sufrimientos, a los que les hayan mostrado solidaridad… Y rechazará a quienes los hayan tratado mal, no se hayan compadecido de sus sufrimientos, o hayan sido insolidarios con ellos: «Venid, benditos de mi Padre... Porque tuve hambre y me disteis de comer... Cada vez que lo hicisteis con uno de estos hermanos míos tan pequeños, lo hicisteis conmigo... Apartaos de mí... Porque tuve hambre y no me disteis de comer... Os lo aseguro: cada vez que dejasteis de hacerlo con uno de estos tan pequeños, dejasteis de hacerlo conmigo».
Y ¿quiénes son esos hermanos de Jesús?
Los hermanos de Jesús son sus seguidores, los que, después de él y siguiendo sus pasos, dedican su vida, día a día, a hacer posible que este mundo se convierta en un mundo de hermanos.
Jesús sabe que los que se pongan de su parte en su enfrentamiento con los poderes de este mundo soportarán las consecuencias de ese conflicto: van a sufrir hambre y desnudez, serán perseguidos, encarcelados, enfermarán... Ante esas situaciones, las personas tendrán que tomar una actitud, en favor o en contra —ante un proceso de liberación la neutralidad es imposible—, y Jesús preguntará a quienes se vayan encontrando con él que de qué parte estuvieron: si con los partidarios o con los enemigos de la plenitud del ser humano.
Y también son sus hermanos todos aquellos que son víctimas del sistema injusto y que se verán liberados mediante la implantación del reinado de Dios: los que tienen hambre y sed, los que no tienen casa, los inmigrantes, los que han perdido la libertad. La materia de ese examen final se concreta en esto: cuál ha sido la actitud de cada cual ante el proyecto de liberación cuya realización habrán promovido los suyos; cuál ha sido su comportamiento ante el sufrimiento del ser humano y, especialmente, ante el sufrimiento que soportan los que luchan por implantar la justicia. Y no les podrá servir de disculpa el decir que no conocían el proyecto de Jesús, o que no sabían que lo que hacían los seguidores de Jesús era la voluntad de Dios; ni siquiera les valdrá decir que no habían tenido la oportunidad de conocer a Dios. No servirán esas disculpas. Ni tendrían sentido; porque lo que Jesús preguntará a todas las personas no será si se han puesto de la parte de Dios, sino si han estado a favor de Jesús y del modelo de persona, de humanidad, que él encarna.
De todo lo anterior podemos extraer, al menos, dos conclusiones.
La primera conclusión es que Jesús de Nazaret y su Padre no son neutrales: han optado por los pobres, por los sometidos, por los que sufren, por las víctimas de toda injusticia. Y no solo para darles una ayuda o un consuelo pasajeros, sino para ofrecerles un proyecto de humanidad en la que esas lacras se eliminen de raíz.
A quienes somos sus seguidores, Jesús nos va a pedir que, según sean nuestras posibilidades —nuestros talentos—, contribuyamos a que ese proyecto se vaya haciendo realidad.
Al resto solo les va a exigir lo que ya le dijo al joven rico: que no sean causa de sufrimiento, por acción u omisión, para nadie. Y que no estorben, sino que apoyen a quienes tienen hambre y sed de justicia y trabajan por un mundo de amor y de paz.
La segunda conclusión es que la vida en plenitud, la vida definitiva, se alcanza aprovechando esta vida pasajera para hacer que la vida de todo ser humano se pueda llamar de verdad vida; o, por lo menos, no estorbando a quienes se esfuerzan para lograrlo.
Los seguidores de Jesús, se supone, hemos dicho que sí a la propuesta que rechazó aquel joven. Pero ¿y si quienes aparecemos ante el mundo como los seguidores de Jesús no estamos, de hecho, de la parte de los pobres y oprimidos, sino que somos cómplices o aliados de los ricos, de los poderosos, de los opresores, y nos mostramos insensibles ante el sufrimiento de las personas que padecen hambre y sed, falta de vestido o de techo, enfermedad o cárcel... traicionando de ese modo la que decimos que es la fe que profesamos?
Al menos deberíamos analizar si alcanzamos ese mínimo nivel. Porque así es como el juicio de las naciones nos está interpelando también a nosotros.