Domingo de la Sma. Trinidad

Ciclo A

de mayo de 2026

 

No viene a juzgar

    El nuestro es un Dios que, porque da la vida, es Padre, porque entrega su vida para hacer hermanos es Hijo y, como energía vital que se entrega para que los hermanos se quieran, es Espíritu. Un Dios que ha querido manifestarse como Hombre entre los humanos y que ha querido que el ser humano pase, como Hijo, a formar parte de la divinidad. Un Dios que es amor, solo amor, en sí mismo y en sus relaciones con el hombre. Un Dios al que damos gloria cuando hacemos que su misericordia reine entre nosotros. Un Dios que se define a sí mismo por su relación con la humanidad: Padre de los hombres, hermano de los hombres y vida, amor y libertad para la humanidad.
    Esto es lo que celebramos este domingo.

 

Texto y breve comentario de cada lectura
Primera lectura Salmo responsorial Segunda lectura Evangelio
Éxodo 34,4b-6.8-9 Daniel 3,52-56 2ª Corintios 13,11-13 Juan 3,16-18




Falsas imágenes de Dios


    Muchas tradiciones religiosas, incluida en parte la tradición véterotestamentaria, presentan una imagen o un concepto de la divinidad como alguien caprichoso y arbitrario, dispuesto a imponer durísimos castigos a los hombres por violar leyes insignificantes, o cruel que ordenaba pasar a cuchillo a poblaciones enteras, incluidos los ancianos y los niños... (Véase, por ejemplo, Jos 6,21; 8,2.22-29).
    Estas imágenes de Dios no son fruto de la casualidad. Los poderosos, para legitimar su poder y la manera de ejercerlo, para conseguir que el pueblo se doblegara sin rechistar a sus caprichos y que aceptara el sometimiento, la explotación y la miseria sin atreverse ni siquiera a realizar un solo gesto de rebelión, para poder justificar una organización social injusta se valían de ellas  como medio de legitimación de su poder y como instrumento de control ante posibles reacciones del pueblo frente a su desgobierno.
    De todos modos, querer saber a ciencia cierta cómo es Dios, en qué consiste la divinidad, es algo que sobrepasa las posibilidades del intelecto humano. Pero, quizá lo que más nos debe interesar no es explicar a Dios, sino saber que quiere él de nosotros. 

    En las tradiciones de la Biblia, se nos dice que el Señor se va dando a conocer como un Dios al que le preocupan asuntos tales como la libertad de los hombres, —como muestra su activo compromiso en la liberación de los esclavos hebreos de Egipto— y la justicia en las relaciones sociales: por eso la mayoría de sus mandamientos se refieren a las relaciones interpersonales, porque creer en el Dios liberador exige organizar la sociedad tomando como eje el respeto a la libertad, a la dignidad y a los derechos de los demás. Y no solo el respeto: el amor, la compasión, la misericordia, que debe superar al castigo en una proporción de mil por cuatro, como en el mismo Dios, «que conserva la misericordia hasta la milésima generación... y castiga la culpa de los padres con los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación». Según los rasgos de esa imagen de Dios debería haberse configurado la sociedad israelita para servir de modelo a todas las naciones, para ir preparando a la humanidad para recibir la gran noticia: que en Dios no hay otra cosa más que misericordia.
    Pero, según nos dice el evangelio de Juan, incluso esas imágenes más positivas son, digamos, incompletas pues «A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación.» (Jn 1,18).
    Por tanto, para nosotros los cristianos solo hay un camino para conocer a Dios: Jesús de Nazaret. Solo en él tenemos la garantía de poder conocer a Dios tal y como Dios se ha querido dar a conocer; sólo en Jesús encontramos algunos rasgos que, en él, el Padre se ha querido dar a conocer.
    Veamos algunos rasgos de los que nos habla hoy su Palabra.

 

No. No viene a juzgar

    A Dios se le ha presentado con mucha frecuencia como juez. Y es cierto que en la Biblia hay pasajes en los que se atribuye a Dios esta función. Lo que sucede es que, en lugar de ver en qué sentido o de qué manera Dios realiza esta tarea (Dios es juez justo porque, comprometido con la justicia, se pone del lado del pobre y del humilde; véase p. ej.: Sal 82; 94,2), lo que hemos hecho es aplicarle a Dios el paradigma de juez que tenemos los hombres o, con más frecuencia, el modelo de juez que interesaba justificar a las clases dominantes. Y hemos llegado a pensar que aplicaba la justicia como la entendemos nosotros. Por eso se olvidaban frases como la que ya hemos citado de la primera lectura de este domingo, «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Éx 34,6), para poner siempre en primer plano aquellas expresiones que, hablando de castigo, de infierno o de cosas por el estilo, provocando miedo y temor, servían para dominar cualquier tipo de rebeldía, convirtiendo a Dios en justificador de los que de tejas abajo se habían arrogado el papel de dioses/jueces de sus semejantes. Sobre todo, cuando estos jueces decían que su función procedía del mismísimo Dios o que ellos mismos eran dioses (Nabucodonosor, a los tres jóvenes que no quieren adorarlo, los condena y los manda arrojar al infierno, a un horno ardiendo).
    No obstante, lo que Jesús nos dice de su Padre, del que él es la explicación, es que no le gusta el papel de juez, que ni amenaza ni condena. Aunque algunos —dicen ellos que en su nombre— acudan con demasiada facilidad a la condena y se empeñen en mantener la amenaza de un infierno cruel.

 

Dios es amor...

    El Dios de Jesús es un Dios que no es señor, sino Padre, que no amenaza con la muerte, sino que entrega su propia vida, que solo es amor, que solo ofrece salvación.
    Cualquier otro dios habría hecho saltar el mundo en pedazos para vengar el atrevimiento de sus habitantes: colgar de una cruz a su Hijo. Pero, en ese caso, ese otro dios no habría sido sino la proyección ampliada del poderoso más fuerte y violento de este mundo. El Padre de Jesús, sin embargo, es mucho más grande que cualquiera de los hombres que se engrandecen a costa de la dignidad de sus semejantes: porque su grandeza no nos empequeñece, sino muy al contrario, nos hace más grandes, más parecidos a Él. Porque su grandeza es el amor, y su manifestación por medio de Jesús es solo comunicación de amor, no tiene otro —no cabe otro— contenido: «Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único...».
    Lo que sucede es que el Padre no impone ni siquiera la salvación que nos envía por medio de Jesús, solo la regala a quien la quiere aceptar. Porque su salvación es efecto de su amor. Y el amor respeta siempre la libertad; no solo la respeta: la busca, la potencia. Y en el uso soberano de esa libertad, el hombre podrá aceptar o rechazar la salvación que el Padre le ofrece.

 

...sin medida

    Esta es la primera cualidad de Dios que los cristianos tenemos que tener en cuenta cuando queramos hablar del Padre, de nuestro Dios: Dios es amor. Pero una vez más tenemos que cuidarnos de no hacer a Dios a nuestra medida: su amor no es como el nuestro, casi siempre mezclado con egoísmo, casi siempre más preocupado por ser correspondido que por alcanzar su objetivo, la felicidad de la persona amada.
    Su amor es infinito, sin medida y no espera ser correspondido... al modo humano. Y lo expresa del modo más sencillo y humilde, dándose, poniéndose al servicio de la humanidad.
    La calidad del amor que Dios ofrece se pone de manifiesto en la entrega de su Hijo y en el objetivo que busca alcanzar: la salvación de la humanidad: «Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único, para que todo el que le presta su adhesión tenga vida definitiva y ninguno perezca». Esa es la gloria de Dios (Jn,13,31-35).
    Una salvación que no es solo una promesa para la vida futura, sino también una posibilidad para ésta: es la posibilidad (que está en nuestras manos convertir en realidad) de llegar a ser hijos de Dios, la posibilidad de convertir este mundo en un mundo de hermanos. Es el amor del Padre, que por amor da la vida y que quiere que sus hijos sean muchos y se le parezcan amando como Él ama, practicando el amor fraterno, tomando como medida el amor el amor de su Hijo (Jn 13,34), poniéndose al servicio unos de otros.
    Porque así es como Dios quiere que le correspondamos.

 

Padre, Hijo y Espíritu

    La revelación de un Dios Padre, Hijo y Espíritu nos dice, además, que Dios no es un ser solitario, perdido en la lejanía del cosmos, sino una comunidad de amor que necesita que su amor se expanda y se comunique incesantemente. Por eso Dios sale al encuentro de la humanidad, para mostrarle y ofrecerle su amor. Como decíamos más arriba, el nuestro es un Dios que, porque da la vida, es Padre, porque entrega su vida para hacer hermanos es Hijo y, como energía vital que se entrega para que los hermanos se quieran, es Espíritu.
    Dios no nos busca para que le demos gloria; o, si lo queremos decir de otro modo, Dios recibe gloria cuando reproducimos entre nosotros su propio ser, cuando nos queremos, cuando dejándonos llevar por la fuerza de su Espíritu, y siguiendo el camino que nos marcó su Hijo, ordenamos nuestra convivencia de tal manera que unos seamos para los demás cauces de su amor.
    De este modo, hacemos en nosotros eficaz la acción del Espíritu queriéndonos y comprometiéndonos en la construcción de un mundo solidario en el que gobierne como ley única, el amor y la misericordia. Y, a medida que lo vamos consiguiendo, lo vamos haciendo presente a Él en el mundo: «Amigos míos, si Dios nos ha amado así, es deber nuestro amarnos unos a otros; A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros.» (1Jn 4,11-12).