Domingo 4º de Pascua

Ciclo A

26 de abril de 2026

 

Una comunidad de puertas abiertas

    Son muchas las personas y los pueblos que siguen sometidos a ladrones y bandidos. Y, cuando no es así, nunca dejan los ladrones y bandidos de estar al acecho; y nunca faltan fariseos que se ofrecen para prestar justificación ideológica a sus latrocinios y a sus crímenes. La ruptura con esos regímenes opresores, la denuncia de los actuales fariseos y, sobre todo, la presentación de Jesús y de su mensaje como puerta segura para la salvación, es decir, para una liberación integral, son exigencias fundamentales de nuestra fe a las que no podemos dar de lado. Esa es tarea nuestra desde que nos vinculamos por nuestro bautismo a Jesús; él va delante de nosotros, mostrándonos la salida hacia la libertad, como buen pastor.

 

Texto y breve comentario de cada lectura
Primera lectura Salmo responsorial Segunda lectura Evangelio
Hch 2, 14.36-41 Salmo 22,1-6 1ª Pedro 2,20b-25 Juan 10, 1-10





Poneos a salvo


    «Poneos a salvo de esta generación depravada». Esto aconsejaba Pedro a sus oyentes al final del discurso que pronuncia el mismo día de Pentecostés (Hch 2,40), a continuación de la irrupción del Espíritu. Generación, en este contexto, debe entenderse como un determinado número de personas de índole semejante, con unas características comunes.
    Pedro está en sintonía con algo que encontramos en muchos otros pasajes de la predicación apostólica en la que, el anuncio de la muerte y resurrección de Jesús iba frecuentemente acompañado de la denuncia de sus asesinos y de la advertencia de que la responsabilidad de aquella muerte era de todos y cada uno, en la misma medida en la que estaban comprometidos con el orden que lo mandó matar.
    Porque la muerte de Jesús, ya lo sabemos, no fue ni consecuencia de la voluntad de Dios, ni resultado de la mala voluntad de unas cuantas personas aisladas: a Jesús lo mató la injusticia que se hallaba instalada en las entrañas de la sociedad; y los que lo mandaron matar eran, en aquel contexto social, o bien los responsables directos de la injusticia o bien quienes gozaban de privilegios que solo eran posibles gracias a la misma, privilegios a los que de ningún modo estaban dispuestos a renunciar: a ese orden de injusticia alude Pedro cuando habla de una generación depravada.
    Por eso Pedro aconseja a sus oyentes que se salven de la injusticia que, alojada en la entraña misma de aquel modelo de sociedad, amenazaba con amargarles la existencia a ellos o convertirlos en amenaza para la vida de sus semejantes. Ser o víctimas o cómplices de la injusticia: ese era el peligro del que había que escapar, esa es la depravación de la que, también hoy, hay que ponerse a salvo.
    Esa salvación es efecto de la vinculación a Jesús, es decir, el asumir como la razón de la propia vida la causa de la vida y de la muerte del hombre Jesús. Esa razón, esa causa consiste en hacer posible el proyecto de Dios que quiere ser Padre de todos los hombres, de todas las personas. Dar a conocer esa propuesta es el primer compromiso de quienes se vinculan a Jesús; pero el anuncio de la misma ha de hacerse no solo con la palabra, sino con la vida: cambiando el modo de vivir y de relacionarse con los demás tratándolos, en el ámbito de la comunidad cristiana, como hermanos. La vinculación a Jesús nos librará -nos desvinculará- de la injusticia y, además, nos dará el don del Espíritu, fuerza necesaria para poner en práctica el nuevo modo de vida: «Arrepentíos, bautizaos cada uno vinculándoos a Jesús Mesías para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo».

 

Ciegos que dicen ver

    Las palabras de Jesús que recoge el evangelio de hoy pertenecen a una discusión entre Jesús y los fariseos que sigue al relato del ciego de nacimiento (leído y comentado el domingo 4º de Cuaresma) y que tratan precisamente de ese orden de injusticia que la humanidad padece, si no desde siempre, sí desde muy antiguo.
    La polémica se inicia con unas palabras de Jesús que expresan su condena de los que han excomulgado al ciego, esto es, de los fariseos: «Yo he venido a abrir un proceso contra el orden este; así los que no ven, verán, y los que ven quedarán ciegos» (9,39). Expulsaron de aquella religión a un hombre que había sido ciego y que acababa de recobrar la vista por la acción de Jesús; a aquel hombre, por el único delito de reconocer lo que era verdad —que Jesús le había devuelto la vista—, le cerraron la puerta de la sinagoga, pretendiendo con ello cerrarle la posibilidad de dirigirse y de relacionarse con Dios. Estaban convencidos de que nadie podía acercarse a Dios si no era por medio de ellos, sometiéndose a su ideología. Jesús, que no soporta que se convierta a los hombres en esclavos, y menos en nombre de Dios, su Padre, les echa en cara su actitud y los acusa de oponerse conscientemente al plan de Dios: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste» (9,41): Jesús los acusa de considerar como un valor agradable a Dios el mantenimiento del orden de injusticia que vertebraba aquella sociedad.

 

No todos los pastores son buenos

    En la Biblia, la palabra «Pastor» recuerda la época en la que los antepasados de Israel eran pastores nómadas y el patriarca de la familia o del clan era, al mismo tiempo, el pastor-jefe. Él debía asegurar a todos, al ganado y a las personas, un camino libre de peligros y un destino rico en agua y pastos: la misión de este pastor era, por tanto, salvaguardar la vida de los suyos y conducirlos a donde pudieran satisfacer plenamente sus necesidades. Cuando en Israel se instituyó la monarquía, se llamó pastor al rey y, posteriormente, a otros altos cargos de la administración y el gobierno y, en general, a los dirigentes del pueblo puesto que ellos eran quienes debían ocuparse del bienestar del pueblo, cuidando de él en nombre de Dios. Pero, a menudo, los pastores de Israel no fueron fieles a su misión: convirtieron el encargo recibido en poder y del que se aprovecharon en su propio beneficio para disfrutar de todo tipo de privilegios; los profetas denunciaron duramente este comportamiento (Ez 34; Jr 23,1-8) y anunciaron que el mismo Dios asumiría por sí mismo (Ez 34,15; Sal 22/23) o mediante un enviado suyo (Ez 34,23) la tarea del pastor.
    En este contexto hay que situar la discusión que Jesús está manteniendo con los fariseos, que eran los ideólogos oficiales del sistema religioso judío. Su denuncia es extremadamente dura: los dirigentes de Israel son ladrones y bandidos que solo se interesan por las ovejas para comérselas, para negociar con ellas, para explotarlas y exprimirlas: «Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos...»
    Denuncia Jesús que han encerrado al pueblo en el recinto de una religión («recinto», la palabra que habitualmente se traduce como «redil», significa en realidad «atrio», nombre que se daba a los espacios reservados para el pueblo en el templo de Jerusalén) que, olvidándose de su origen, se ha convertido en la justificadora de un sistema explotador que deja al pueblo enfermo, ciego y desvalido, como ovejas sin pastor (Mt 6,34). Porque los pastores se han convertido en ladrones y bandidos, violentos explotadores que, en lugar de buscar el bien del pueblo, procuran su propio interés a costa del pueblo (explotándolo, sacrificándolo y destruyéndolo), y a costa de Dios (habían instalado al dinero en el lugar de Dios, puesto que habían convertido el templo en un negocio: Jn 2,16). Así, al servicio de un dios falso, habían esclavizado de nuevo al pueblo que Dios liberó de la esclavitud. Y, en el colmo del cinismo, lo hacían invocando el nombre del verdadero Dios, del Dios liberador de Israel.

 

Un nuevo éxodo

    La misión de Jesús, nos explica el evangelio de Juan, consiste en entrar dentro de ese sistema, pero no para quedarse, sino para invitar a todos a salir fuera de él, iniciando un nuevo éxodo, un nuevo proceso de liberación que tiene su punto de partida —¡quién lo hubiera dicho!— en el atrio del templo que habían convertido en la nueva tierra de esclavitud: «Quien entra por la puerta es pastor de las ovejas; a ése le abre el portero y las ovejas oyen su voz. A las ovejas propias las llama por su nombre y las va sacando; cuando ha echado fuera a todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz».
    Como antes fue Moisés, ahora Jesús se pone al frente de todos los que aceptan caminar hacia la liberación en busca de una nueva tierra prometida en la ha de realizarse el designio del Padre: que todas las personas, que sus hijos e hijas puedan gozar de verdadera libertad.
    Y en esa tierra nueva, en la que todos tienen cabida, Jesús es la puerta. Una puerta que da acceso a un modo nuevo de vivir en el que la injusticia, la opresión, la violencia y la muerte, que son propios de esta generación depravada, del orden este (esto es, de toda sociedad humana cuya organización se asienta sobre estos pilares: la riqueza, el poder y las desigualdades), serán sustituidos por la hermandad, la igualdad, la solidaridad y el amor.
    Jesús es la puerta. Pero una puerta sin cerrojos ni cerradura, pues no sirve para encerrar a nadie, sino para permitir la libre entrada y salida de quienes libremente decidan entrar y salir: «Yo soy la puerta, el que entre por mi quedará a salvo, y podrá entrar y salir y encontrará pastos»; puerta abierta a la libertad, puerta que asegura el alimento y la vida —la que brota de la vida y el amor de Dios que Jesús ofrece— y la salvación y la felicidad que son efecto del amor libremente compartido entre los hermanos: «Yo he venido para que tengan vida y les rebose».

 

El mensaje es para nosotros

    El evangelio de Juan se escribió cuando el templo de Jerusalén estaba destruido e Israel, como nación, había desaparecido. La crítica al sistema de poder político-religioso de Israel es, sobre todo, una advertencia para nosotros. Y en los evangelios encontramos igualmente críticas a otros sistemas del paganismo de entonces. Lo que quieren los evangelistas es que la comunidad cristiana comprenda que ese orden es incompatible con lo que Dios quiere que sea la humanidad, con el modelo de persona y de convivencia que propone el evangelio.
    El evangelio de hoy nos propone que sigamos a Jesús y, con él, construyamos una comunidad que vive de acuerdo con los valores de la Buena Noticia de Jesús. Y esa comunidad tendrá que ser un espacio de libertad, una casa de puertas abiertas en las que se acoja a todo el que quiera entrar y no deje encerrado a nadie cercenando su libertad, una comunidad en la que nadie se sienta ni marginado ni sometido. Una comunidad de puertas abiertas que, con su vida, invita a la humanidad a vivir de este modo.
    No se trata de proselitismo. Se trata de hacer partícipes a todos los seres humamos de ese programa libertad y solidaridad que asegura que todas las personas tengan vida y les rebose.