
Con este signo venceremos
Pocas leyendas han hecho tanto daño al mensaje cristiano que la que refiere una visión de emperador Constantino según la cual, usar la cruz en la guerra garantizaba la victoria contra los enemigos(1).
Pero la cruz de Jesús no garantiza la muerte de ningún ser humanos; al contrario, es signo de victoria contra la muerte. Porque la cruz no fue el final.
Por eso, en el último acto de esta historia nos encontramos con una invitación al optimismo. Y al compromiso en favor de lo que buscaba el que fue injustamente ajusticiado: la justicia, el amor, la felicidad... la vida. Para todos. Porque el amor siempre lleva a la derrota de la muerte, a la victoria de la vida.
Esto es lo que celebramos hoy.
| Texto y breve comentario de cada lectura | ||
| Lecturas del Antiguo Testamento | ||
| Génesis 1,1-2,1 Éxodo 14,15-15,1 Isaías 55,1-11 Ezequiel 36,16-17a-18-28 | ||
| Salmo y lecturas del Nuevo Testamento | ||
| Romanos 6,3-11 | Salmo 117[118] | Mateo 28,1-10 |
Vida
En la fe de Israel —que necesitamos conocer, pues en su contexto nace Jesús de Nazaret y se formula su mensaje— la vida y la libertad son los dos valores que articulan la relación del pueblo con su Dios.
Esa fe confiesa que toda la vida —plantas, y animales— procede de Dios. Pero la del ser humano es de una calidad distinta. El modo de narrar la creación —se trata, sin duda, de un relato simbólico, del que no hay que inferir afirmaciones científicas— nos muestra que animales y plantas nacen de una orden que denota una cierta distancia entre el Creador y sus creaturas; la creación del hombre, al contrario, nace de un diálogo del Creador consigo mismo: «Hagamos al hombre..».; y el Creador lo dota de una naturaleza excepcional «...a nuestra imagen y semejanza».
El segundo relato de la creación del hombre (Gn2,7) confirma esta cercanía pues el hombre vive gracias al aliento vital que el mismo Dios le trasmite soplándole en su nariz: la vida propiamente humana es participación de la misma vida de Dios.
(Es importante subrayar la absoluta igualdad del varón y la mujer en este relato de la creación en el que el término “’adam, hombre” incluye a todo ser humano: todos los miembros de la especie humana: tanto el varón como la mujer son, en plano de absoluta igualdad, imagen de Dios. En Gn 5,1-2, se insiste en esta igualdad radical del género humano: «Cuando el Señor creó al hombre, lo hizo a su propia imagen, macho y hembra los creó, los bendijo y los llamó “Hombre” al crearlos»).
Al crearlo, Dios otorgó al hombre el dominio de todos los seres vivientes («...que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra») menos uno de ellos: el mismo ser humano.
El hombre, sin embargo, no aceptó ser “imagen” de Dios; quiso ser como Dios. Y se equivocó porque no conocía bien a Dios. Identificaron el ser de Dios con el poder y buscaron el modo de poseerlo. La consecuencia fue que unos seres humanos acabaron sometiendo y dominando a otros: los varones a las mujeres; los fuertes a los débiles; los violentos a los pacíficos... El Señor, según la fe bíblica, tuvo que volver a intervenir para enseñar a la humanidad que él quiere la libertad de los humanos, porque sólo si son libres pueden reproducir su imagen. Y, según nos cuenta el éxodo, su intervención se realizó liberando a un pequeño pueblo de esclavos para que construyeran una sociedad de acuerdo con su voluntad, con su proyecto de humanidad.
El paso del Mar Rojo fue para Israel la puerta de la libertad. Atrás quedaron el oprobio y el sufrimiento, y la dignidad humana pisoteada y anulada. Este compromiso de Dios con la libertad de su pueblo muestra su grandeza, su gloria, su justicia y, sobre todo, su amor: «Él dividió en dos partes el Mar Rojo ... y condujo por en medio a Israel porque es eterno su amor» (Salmo 136,13-14).
Ese amor lo recibimos y lo celebramos hoy manifestándose en forma de vida desbordante, como victoria sobre el odio que esclaviza tanto al que lo siente —más quizá a este— como al que lo sufre; y como reivindicación de la justicia del injustamente ajusticiado.
La cara de la cruz
Jesús, en la última de las bienaventuranzas, precisamente cuando hablaba de las persecuciones que tendrían que sufrir para mantener su fidelidad al proyecto que en ese momento él les proponía, animaba a sus discípulos a mantener la alegría en medio de las dificultades: «alegraos y regocijaos, que Dios os va a dar una gran recompensa» (Mt 5,12). En qué consiste esa recompensa, se desvela en el mensaje del evangelio de hoy: es el mundo nuevo, la nueva humanidad y la nueva calidad de vida que nacen de la resurrección de Jesús.
Es el primer día de la semana, el primer día de la nueva creación. Comienza un mundo nuevo, nace una nueva humanidad.
Jesús había hablado varias veces de su resurrección (Mt 16,21;17,9.22-23;20,19;26,32); pero sus palabras no habían calado del todo en los suyos. Por eso, las más fieles de sus seguidoras, María Magdalena y la otra María, que habían sido testigos de su muerte y de su sepultura (Mt 27,55-56.61), después de observar el descanso del sábado —no habían roto todavía con el mundo viejo que había asesinado a vínculo— parecían resignadas, convencidas de que la muerte había vencido definitivamente a Jesús. Y así, van a visitar su sepulcro, seguras de que allí estará encerrado su cuerpo. Pero a su experiencia le falta un último acto.
En el relato de Mateo hay tres hechos que establecen un lazo indisoluble entre la muerte y la resurrección de Jesús: las mujeres presentes en el momento de la muerte en la cruz y en la resurrección, los temblores de tierra y las tumbas que se abren. Este vínculo nos revela algo de lo que las mujeres son testigos privilegiadas: estamos ate una doble manifestación del amor de Dios que se manifiesta en los dos acontecimientos, o, si queremos decirlo de otro modo, los dos acontecimientos no son sino la manifestación única de un mismo y único Dios, que es amor; amor que se manifiesta en la entrega que hace de sí mismo un hombre, Hijo de Dios; entrega que, aunque ante el mundo aparece como un fracaso, sólo puede ser causa de vida. Sólo que, la mayoría de los que fueron testigos de esa manifestación divina no fueron capaces de apreciar más que la primera parte de la misma y por eso no comprendieron absolutamente nada.
El primero de estos momentos, la muerte de Jesús en la cruz, revela hasta donde llega el amor de Dios o hasta donde debe llegar el amor de cualquier persona que quiere amar como Dios ama: hasta el extremo, hasta la exageración, hasta el don de la propia vida. Ese mismo momento, juzgado desde la escala de valores de este mundo, supone un fracaso, la muerte, la derrota definitiva.
El segundo momento, la resurrección, revela la falsedad de esta última perspectiva: el amor es siempre causa de vida: muerte y resurrección de Jesús no son sino el haz y el envés, la cruz y la cara, de la misma realidad. La muerte de Jesús —muerte absolutamente real, porque fue causada por el odio— no es definitiva porque está preñada del amor Dios; por eso acaba dando a luz al hombre nuevo.
Alegría por la victoria de la vida
El sepulcro está vacío. La victoria, estando Dios comprometido en los acontecimientos que se narran, no podría ser más que del amor. Jesús lo había anunciado, pero nadie se lo había creído.
Y son las mujeres, que pensaban, como el resto de los discípulos, que el cuerpo de Jesús seguiría en el sepulcro, quienes son testigos y deben dar un primer testimonio de que de que la muerte no ha prevalecido; y deben convertirse en mensajeras cualificadas de la noticia.
En ellas, tras el anuncio de la resurrección de Jesús, domina la alegría —mucha— sobre el miedo; y en medio de esa alegría, mientras iban corriendo a comunicar a los discípulos la noticia, según el encargo que habían recibido, experimentan la presencia de Jesús vivo. Éste, recibe la adhesión de las mujeres y las anima a dejar que la alegría venza definitivamente al miedo y, finalmente, ratifica el contenido del mensaje que deben transmitir a los discípulos: «No tengáis miedo; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán»: el proyecto de Jesús sigue adelante; ya se está cumpliendo. En Galilea, donde todo empezó, Jesús pasaré el testigo, la tarea, a los suyos.
Así nace una nueva humanidad en la que las mujeres asumen un protagonismo impensable en aquel contexto cultural: son testigos privilegiadas que viven en primera persona la victoria del amor sobre la muerte. Una nueva humanidad en la que la victoria del amor —que presupone e incluye la victoria de la justicia— garantiza que todos podrán aspirar y lograr la felicidad y la alegría en una vida en plenitud.
Vinculados a su muerte... lucharemos con él
A quienes el ángel llama “sus discípulos” Jesús se refiere cuando habla con las mujeres, como “sus hermanos”: ya ha nacido una nueva humanidad, ya hay un primer grupo de hermanos.
Pero esta humanidad nueva no ha hecho más que empezar. Ahora son ellos quienes deben ahora asumir la tarea. Para eso los cita en el lugar en el que todo empezó, en Galilea. Y hoy nos cita a nosotros.
Las circunstancias de nuestro mundo hacen necesaria todavía la lucha por la vida, por la justicia y la liberación; la meta es la fraternidad universal bajo al amor de un Padre bueno, el fin es una humanidad nueva que vive con la vida del resucitado que, aunque ya ha empezado a ser realidad, todavía queda muy lejos de los que siguen siendo víctimas de un orden de muerte, contrario a la voluntad de Dios; por eso la vinculación a Jesús resucitado tiene que ser también solidaridad con su muerte, es decir, con las razones que lo llevaron a afrontar el conflicto, con la fidelidad con que se mantuvo hasta el final y con el amor que manifestó en la cruz.
No podemos permitir que la cruz siga utilizándose como un signo de muerte; tenemos que denunciar a quienes, como Constantino, usan la cruz para legitimar muerte y destrucción. Con la confianza, con la esperanza, de que es posible la felicidad para todos y de que, si en la lucha perdemos la vida, será para convertirnos en resucitados.
«Esta es nuestra alternativa: vivos o resucitados». La frase es de Pedro Casaldáliga y constituye es una magnífica síntesis de la esperanza cristiana, de la fe en la resurrección de Jesús a la que nosotros estamos vinculados —definitivamente, si así lo queremos— por nuestro bautismo. Así sucedió con Jesús: pasó por la muerte, pero fue sólo para revelar con su fidelidad el inmenso amor del Padre; y enseguida le llegó, fruto natural y necesario del amor: la vida, la resurrección. Ahora el turno es nuestro. Porque nosotros ya resucitados pues «hemos pasado de la muerte a la vida; lo sabemos porque amamos a los hermanos» (1Jn 3,14).
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1. «En las horas meridianas del sol, cuando ya el día comienza a declinar, dijo que vio con sus propios ojos, en pleno cielo, superpuesto al sol, un trofeo en forma de cruz, construido a base de luz y al que estaba unido una inscripción que rezaba: con éste vence. ... En sueños vio a Cristo, hijo de Dios, con el signo que apareció en el cielo y le ordenó que, una vez se fabricara una imitación del signo observado en el cielo, se sirviera de él como de un bastión en las batallas contra los enemigos». Eusebio de Cesaréa, Vida de Constantino, I, 28.29.